Museo de la Carreta y el Campesino Costarricense

Reseña Histórica

Ha sido parte de la historia de nuestro cantón por más de doscientos años. Sus paredes han sido testigos silenciosos de la vida de los colonizadores del suroeste del Valle Central de Costa Rica, de la división de las grandes haciendas, de parte de la vida de un Presidente de nuestro país y del proceso de urbanización que ha experimentado Desamparados en los últimos cuarenta años. Esta casa, que se diferencia del ambiente urbano que la rodea por los materiales y la forma en que se construyó, es el último resto de la hacienda que en tiempos del Doctor José María Castro Madriz fue llamada “El Salitral”.

 

Para comprender la historia de la hacienda y la casona de las que estamos hablando, es necesario conocer antes la manera en que la zona que hoy se llama Desamparados se integró definitivamente a la historia de la provincia española de Costa Rica durante el siglo XVI. Los españoles comenzaron la colonización del suelo costarricense una vez que habían terminado la exploración del territorio. La primera ciudad que se estableció en el Valle Central se llamó Garcimuñoz y fue fundada por el conquistador Juan de Cavallón en 1561. La necesidad de contar con suficiente mano de obra indígena hizo que poco tiempo después la ciudad fuera trasladada al Valle del Guarco, cambiando su nombre a Cartago. 

Una vez que se logró la sumisión de los nativos, los colonos empezaron a buscar las mejores tierras dentro del Valle Central. Los principales conquistadores se asentaron en la parte oriental, mientras que las personas de menor condición se ubicaron más hacia el oeste, cerca de los poblados indígenas de Aserrí, Curridabat, Escazú, Pacaca y Barva. El establecimiento de las haciendas estuvo determinado tanto por la cercanía de las poblaciones indígenas como por las facilidades que los terrenos ofrecían para el desarrollo de la agricultura y la ganadería. Como lo muestra la siguiente imagen (ver Anexo No. 1), el territorio de Desamparados formaba parte del Valle de Aserrí, el cual se extendía desde los cerros que se encuentran al sur de la actual ciudad de San José hasta el hasta el río Virilla.

El Capitán Juan Solano fue el primer propietario español del territorio que con el tiempo llegó ser la Hacienda de “El Salitral”. Solano acompañó a Juan de Cavallón en su entrada en el Valle Central, en el año 1561. Posteriormente, se casó con Mayor de Benavides de Grado, también española. De ese matrimonio nacieron nueve hijos, uno de los cuales- llamado Baltasar de Grado- fue el primer sacerdote nacido en la provincia de Costa Rica. Las autoridades españolas reconocieron los servicios que Solano les brindó y le dieron el título de encomendero de la propiedad llamada “Nuestra Señora del Rosario”, localizada en el Valle de Aserrí y dentro de la cual quedó incluido el terreno de “El Salitral”.

La encomienda consistía en la entrega de un grupo de indígenas a un español. Los nativos estaban en la obligación de servirle a él y a sus descendientes por dos generaciones. A cambio de esto, el encomendero debía asegurarse de que los indios fueran evangelizados. La encomienda otorgada a Juan Solano pasó a ser propiedad de su hijo, el también Capitán Francisco Solano. De esta manera, el terreno de “El Salitral” se mantuvo en manos de la familia Solano durante casi un siglo, sirviendo básicamente como sitio para ganado. Durante este período, la ganadería fue la actividad económica más importante de Costa Rica. De hecho, las primeras haciendas ganaderas que existieron en la provincia se formaron cerca del territorio de Desamparados, en el Valle de Curridabat, con los animales enviados por Juan de Cavallón desde España.

En 1661, Francisco Solano vendió los terrenos de “El Salitral” al Capitán Manuel Gómez de Ocón y Trillo por 500 pesos. Seis años después, Ocón y Trillo los vendió a Gaspar Arias. En la escritura de venta, la propiedad fue descrita como “un medio sitio de ganado en el Valle de Aserrí, con casa y dos caballerías de tierra.” Cada caballería equivalía a 45 hectáreas, es decir, 450.000 metros cuadrados. Por tanto, la propiedad de la que hablamos equivalía a la superficie de noventa cuadras.

El dato anterior se comprueba al leer la Mortual de Gaspar Arias, en la que este se declaró dueño de “un sitio de ganado de dos caballerías de tierra de labor y en él un cuerpo de casas de teja sobre horcones y un corral.” A esto se agregaban 120 vacas, 90 yeguas, 8 caballos, 3 mulas y 4 yuntas de bueyes. Además, para protección de la propiedad, Arias tenía dos escopetas. A la muerte de Arias, sus posesiones pasaron a mano de los hijos que este tuvo con María de Monterrosa: Juana, Bartolomé, José, Andrés, Petronila y Pedro.

La hija de Gaspar Arias, Juana, contrajo matrimonio con José Hidalgo. La madre de Juana le obsequió, como regalo de bodas, parte del terreno de “El Salitral”, formado por “unas casas de horcones techadas de tejas, con un pedazo de cerco y una caballería de tierra.” Juana murió en 1716, cuando aún la propiedad seguía siendo llamada “Nuestra Señora del Rosario” y seguía formando parte del Valle de Aserrí. En el avalúo de los bienes que se hizo tras el fallecimiento de Juana, se incluyeron la caballería de tierra, las casas de horcones cubiertas de teja, un trapiche con su casa de paja, 50 vacas, 6 caballos, 2 yuntas de bueyes y 20 fanegas de maíz. En el pedazo adjunto a la casa había un platanar, caña de azúcar y un sembradío de maíz. La propiedad tenía las características típicas de las fincas del Valle Central en las primeras décadas del siglo XVIII: pequeñas parcelas cercadas en las que se realizaban diversas labores agrícolas y una gran extensión de pasto para la alimentación del ganado.

José Hidalgo agrandó su propiedad en 1721, cuando compró al hermano de su primera esposa, Andrés Arias, un pedazo de tierra que este poseía en el Valle de Aserrí. Hidalgo se casó luego con Ana de Quesada, quien falleció algunos años después. Ana trajo al matrimonio una casa de horcones en la Villa de la Concepción de Barva. La tercera esposa de José Hidalgo fue Francisca de Bonilla, quien a la muerte de su marido heredó los bienes del Valle de Aserrí. En este sentido, José de Alvarado, tercer esposo de Francisca, declaró en 1742 que José Hidalgo “dejó por bienes propios y hereditarios dos caballerías de tierras con otras anexas y pertenecientes a sus bienes en dominio y propiedad”, que fueron dadas a Francisca por el juez que siguió la causa mortual de Hidalgo.

Cuando Francisca presintió que se acercaba al final de su vida, declaró como bienes suyos “una hacienda de cañaveral en el Valle de Aserrí, en el paraje nombrado San José del Salitral.” Lo anterior permite concluir que ya en 1754, cuando Francisca redactó su última voluntad, el lugar en que se hallaba su vivienda era conocido como “El Salitral”, debido a las aguas termales que existían allí. Además, en ese escrito se hace la primera referencia directa a la casa que hoy es conocida como “La Calera”. Francisca afirmó que su vivienda era “de quince varas sobre horcones de guachipelín, de madera labrada de cedro y cubierta de tejas, la cocina asimismo de teja y madera redonda de diez o doce varas, compuesta de dos cuartos.”

Las paredes de “La Calera” fueron hechas con adobe, una mezcla de barro, agua, raíces de árboles y pasto con la que se construían bloques que se colocaban uno sobre otro. Las paredes fueron repelladas con tierra y boñiga y después se encalaron. Esta construcción no se salió del modelo típico de la vivienda rural del período por la técnica de construcción utilizada. Sin embargo, sí lo hizo por la distribución de su espacio interior. Como se nota en la siguiente imagen (ver Anexo No. 2), las casas rurales de este período tenían comúnmente dos cuartos, una sala, una cocina y un corredor. “La Calera”, en cambio, sólo tiene dos dormitorios, una cocina y el corredor (ver Anexo No. 3).

Los documentos revelan que, para este momento, la finca conservaba todos los rasgos característicos de una propiedad vallecentralina. Tenía un trapiche, una galera que servía de chiquero a los terneros, un cercado grande de caña, un platanar de dominicos y guineo cercado de piñuela y espinas y un potrero. En el interior de la casa había, entre otras cosas: muebles, mesas, bateas, piedras de moler maíz y cacao, un crucifijo y una Dolorosa de bulto al pie de la Cruz, un San José y un San Antonio colocados en un nicho. En cuanto al ganado, Francisca era dueña de 400 vacas, 4 yuntas de bueyes trapicheros, 2 yuntas de bueyes de tiro y 200 yeguas entre las que había 12 caballos. Poseía, además, 9 esclavos chicos y grandes y otras pertenencias que revelaban su posición social: un colchón, sábanas, una colcha de algodón azul, 2 pares de manteles y un collar de oro.

Francisca no tuvo descendencia en ninguno de sus tres matrimonios. Por eso, dispuso que al morir se fundara con sus posesiones una capellanía, por medio de la cual sus bienes pasarían a alquilarse. El dinero que se obtuviera de ese alquiler se utilizaría para sufragar los estudios de un seminarista o para pagar las misas que se dijesen por el alma de la difunta. El documento de la fundación se redactó en estos términos:

“Y es mi voluntad que de lo importare por el avalúo que se hiciere…se imponga una capellanía cuya fundación se hará en la moneda de cacao y las misas que se dijeren sean rezadas, las que se aplicarán por mi alma, las de mis padres, maridos, hermanos, parientes y demás personas de mi obligación y cargo…Y nombro por primer capellán a mi sobrino Manuel Antonio Sandoval, quien se halla estudiando en la Villa de Nicaragua.”

La hacienda mantuvo su condición de capellanía hasta 1777. En ese año, el Capitán Antonio Jiménez Jiménez, apoderado del Presbítero Manuel Antonio Sandoval, traspasó la casa, los cercados y las tierras a José Santiago Bermúdez, quien redimió la capellanía pagando por ella 456 pesos de plata en vales y monedas. La propiedad estaba muy empobrecida: tenía apenas 30 vacas, unos cuantos caballos y yeguas y dos yuntas de bueyes. Posteriormente, la finca pasó al heredero de Bermúdez, Santiago de la Cruz, quien murió en el terreno de “El Salitral” en 1810. En ese momento, la finca tenía la casa con paredes de adobe, madera de cedro y tejas, una carreta, un yugo, un trapiche viejo con la casa que lo cubría, unos caballos, una yunta de bueyes y un potrero. Se conservaban, además, los sembradíos de caña y plátano.

Los herederos de Santiago de la Cruz Bermúdez vendieron la propiedad a José Ana Jiménez, que añadió esas tierras a otras que había comprado en el mismo sitio. De hecho, en 1821 José Ana declaró que “el potrero del Salitral lo compró a los herederos del finado Santiago Bermúdez según consta de tres escrituras que le otorgaron y paran en el archivo de esta ciudad (San José).” En ese terreno tenía mulas, bueyes trapicheros y de tiro, yeguas, un burro tuerto, 164 vacas y un caballo. La finca fue valorada en 1820 en 1360 pesos. Todavía existía el trapiche.

En 1839, los herederos de José Ana Jiménez, ante la muerte de Antonia Carranza, su madre, procedieron a inventariar los bienes de sus progenitores. Entre esas posesiones, se valoró el potrero de “El Salitral”. De mutuo acuerdo, los cuatro hermanos decidieron venderlo a Manuel Fernández en 5084 pesos. Fernández contrajo matrimonio con Dolores Oreamuno. De esa unión nacieron Federico, Manuel y Pacífica. Esta última se casó con José María Castro Madriz en 1842, cuando él tenía 20 años y ella 14.

“El Salitral” fue heredado por los varones de la familia Fernández Oreamuno, Federico y Manuel. El último murió sin descendencia y dejó sus bienes a su madre. “El Salitral”, por tanto, se dividió en dos partes: una perteneciente a Dolores Oreamuno y la otra a su hijo. En 1854, José María Castro Madriz, que había sido Presidente de la República entre 1847 y 1849, realizó un cambio con su suegra y su cuñado, por medio del cual obtuvo la totalidad del potrero de “El Salitral”. Este terreno, que tenía “potrero y monte”, limitaba por el sur con la hacienda “Inocencia”, perteneciente al Doctor Castro Madriz.

“El Salitral”, junto con las otras posesiones de la familia Castro Fernández- “La Inocencia”, “La Pacífica” y “La Concordia”-, pasó a formar parte del sistema de grandes fincas, dedicadas a la agricultura y la ganadería, que caracterizaron al paisaje desamparadeño a mediados del siglo XIX. La superficie total de las tierras de la familia era de más de 768 manzanas. “La Pacífica” estaba dedicada al café y tenía un patio de beneficio. “La Concordia”, “La Inocencia” y “El Salitral” tenían tanto cañaverales como pastos y montes. La caña se mantuvo como un cultivo importante en el cantón desamparadeño, que en 1880 tenía una producción cañera cuatro veces mayor que la del cantón central de San José. Respecto a “El Salitral”, esta poseía un trapiche de hierro movido por agua y la casa llamada “La Calera” con su horno y demás utensilios.

En 1879, el Doctor Castro Madriz hipotecó “La Pacífica” y “El Salitral”. La primera fue vendida en 48.000 pesos a Ricardo Montealegre y Mora, representante de la sociedad “Montealegre y Compañía”. En cuanto a “El Salitral”, la misma fue hipotecada al Banco Anglo Costarricense por una suma que en 1880 ascendía a 36.626 pesos y 14 centavos, pero que ante la falta de capacidad de pago llegó a los 44.592 pesos y 30 centavos en 1887. Castro Madriz y sus hijos decidieron que lo más conveniente era dar al Banco Anglo Costarricense la finca hipotecada en pago de la deuda. Sin embargo, finalmente la vendieron a Juan Isidoro de Jongh Van Coevarden, un ingeniero holandés, por 31.000 pesos. Juan Isidoro se comprometió a dar 10.000 pesos en efectivo al Banco y a pagar el resto por mitades en los dos años siguientes. En los documentos de venta consta que el tamaño de “El Salitral” era de 228 hectáreas y que ya existía otra vivienda al lado de “La Calera”, denominada “casa de habitación”.

Una vez cancelada la deuda con el Banco Anglo Costarricense, el ingeniero holandés empezó a vender partes de la finca a los propietarios de los territorios aledaños. Finalmente, lo que quedaba de “El Salitral”, equivalente a 195 hectáreas, fue vendido a Héctor Polini Apolini en 1894, por 38.000 pesos. La familia Polini realizó mejoras en la casa de habitación. Se habilitó “La Calera”, cuyas secciones fueron utilizadas como cocina, comedor y sala, mientras que los dormitorios y el servicio sanitario estaban en la casa de habitación (ver Anexo No. 4). Las paredes de esta última fueron construidas utilizando bahareque, es decir, una mezcla de barro, pasto y pedazos de teja que se colocaban en capas reforzadas con caña brava.

Durante las primeras décadas del siglo XX, “El Salitral” continuó siendo una hacienda básicamente ganadera. Esto se comprueba mediante el plano del camino que se proyectaba construir entre Desamparados y el Salitral, en 1918 (Ver Anexo No. 5). Para ese momento, Héctor Polini había dividido la finca entre sus hijos y la sección de la casona había quedado en manos de su hijo Víctor. En el plano citado, se específica que el terreno que debía expropiarse a Víctor Polini era potrero, a pesar de que algunos dueños de los alrededores ya tenían sembrados cafetales (ver Anexo No. 6). Cerca de la casona existía un trapiche de hierro, un saladero para alimentar a las bestias y un lugar llamado cepo, donde se marcaba con hierro candente al ganado con las iniciales de su dueño. También había un huerto, un jardín con su fuente y un espacio llamado glorieta, adornado con plantas ornamentales. Al este de “La Calera”, cerca de los corrales, estaban las casas para los peones. La casona tenía, además, un parqueo y una cochera para las carretas.

Conforme avanzaba el siglo XX, el paisaje desamparadeño empezó a experimentar grandes cambios. Los pastos y cultivos de alimentos básicos empezaron a ser sustituidos por cafetales. Según un testigo, el folklorista Miguel Salguero, hacia 1940 el terreno que rodeaba a “El Salitral” “era el mundo de las pequeñas historias de los Díaz, los Zúñiga, los Jiménez, los Ureña y otros apellidos que a punta de machete y pala crearon las haciendas de los Ortuños, los Castros, los Von Schoeter y otros”. Dichos terrenos tenían abundantes potreros, jocotes y cafetales.

El abuelo de Salguero, llamado Juan Pedro Díaz, fue cuarenta años mandador de “El Salitral”. La familia Díaz habitó por algún tiempo “La Calera”. Sabiendo que la casa había pertenecido a Castro Madriz, se extendió la leyenda de que el espíritu del expresidente se aparecía por las noches. El mismo Miguel Salguero habla de esto en su libro “El fogón de la peonada”, escrito en 1980, donde dice que:

“Su figura (la de Castro Madriz) la vieron muchos al cruzar veloz por el jardín, entre los mangales del huerto, y se perdía en los ramajes escuálidos de los eucaliptos y los sauces. En cada esquina de la casa creíamos tropezar con el Doctor Castro y su caballo.”

Víctor Polini vendió “El Salitral” en 1938 a Ernesto y Alfredo Castro Fernández, quienes convirtieron la propiedad en hacienda cafetalera. La “casa de habitación” sufrió varios cambios. “La Calera” pasó a ser vivienda de peones. El trapiche, el saladero y la fuente desaparecieron. Los hermanos Castro incorporaron los terrenos de “El Salitral” a la compañía denominada “Hacienda El Salitral Sociedad de Responsabilidad Limitada”, alrededor del año 1953. La “Hacienda El Salitral” tenía propiedades tanto en el Valle Central como fuera de este, en zonas como Sarapiquí y San Carlos.

A partir de 1960, el cantón desamparadeño sufrió cambios en el tipo de uso del suelo, debido al crecimiento de la población. Una parte importante de las tierras pasaron a formar parte de las nacientes zonas urbanísticas del sur de San José. Las fincas cafetaleras dieron pasó a grandes urbanizaciones. Potreros y cafetales desparecieron, enterrados bajo toneladas de concreto. Los servicios públicos como transporte, agua, electricidad y comunicaciones, tuvieron una mejora significativa. Desamparados fue adquiriendo las características de una ciudad dormitorio: los habitantes salían en la mañana a trabajar en San José y regresaban a sus casas al anochecer.

A la muerte de Ernesto y Alfredo Castro, después de 1961, “El Salitral” pasó a manos de Claudio Castro Tossí. Este vendió las zonas llanas de la finca que se prestaban para la construcción de residenciales. De esa manera, “La Calera”, la “casa de habitación” y algunos restos de la construcción central fueron quedando cada vez más aislados en medio de un ambiente completamente urbano, formado por barrios y ciudadelas como Gravilias y El Porvenir. Castro Tossí, en un acto de desprendimiento, cedió el terreno a la Municipalidad de Desamparados.

En el año de 1982, las dos casas de “El Salitral” fueron declaradas reliquias de interés histórico arquitectónico por el gobierno de Costa Rica. Sin embargo, la estructura de las viviendas estaba muy deteriorada, sobre todo la de “La Calera”, como se nota en las fotografías tomadas en 1985 (ver Anexo No. 7). En 1989 se decidió convertir en la propiedad en la sede del Museo de la Carreta y el Campesino Costarricense. Debido a esto, la Sección de Patrimonio del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes emprendió la restauración de las casas, como consta en las fotografías que se tomaron al finalizar las obras (ver Anexo No. 8).

El terremoto del año 1990 ocasionó grandes daños a las recién restauradas viviendas de “El Salitral”, sobre todo a “La Calera”. Por eso, en 1992 el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes procedió a declararlas inutilizables. Desde esa fecha, ninguna de las dos casas ha recibido el cuidado requerido.

En la actualidad, “La Calera” se encuentra en un estado deplorable, como puede notarse en las tomas que siguen (ver Anexo No. 9). La declaratoria de la carreta y el boyeo como patrimonio intangible de la humanidad ha despertado el interés por rescatar el Museo de la Carreta y la sede en que este se encuentra.

Sin embargo, la casa de la que hablamos no es importante sólo por ser la sede del Museo de la Carreta. “El Salitral” y “La Calera” han sido parte de nuestra historia desde su nacimiento. La finca ha pasado por todas las formas de propiedad que han caracterizado a la tierra desamparadeña desde la llegada de los españoles: fue parte de una encomienda colonial, una hacienda ganadera que tenía dentro de sí cercos dedicados a diversos cultivos, una capellanía, estuvo en manos de un Expresidente de la República, fue una finca cafetalera que se unió a una sociedad más grande y finalmente vio como su tierra era poblada por gran cantidad de casas de habitación. De toda esa historia, sólo queda un testigo silencioso, una casa construida hace mucho tiempo, con materiales que ya no se utilizan. Ella, y el espacio que la rodean, son testimonio de nuestra historia, de la de Desamparados.